viernes, 13 de agosto de 2010

Reflexiones para que lo cotidiano no sea lo normal.


Pensar y entender nuestro territorio y las relaciones sociales que en él se desarrollan requiere              despertar del atomismo social en el que nos encontramos y darnos cuenta que decir  “Estamos en manos de muchachos armados, la vida de nadie vale nada” es en absoluto normal aunque sea lo cotidiano en este país. Para abrir los ojos debemos entender un componente fundamental de los procesos sociales, las regulaciones de los mismos.  

En Colombia la incapacidad de las instituciones del Estado para mantener un monopolio del Derecho y con eso tener control de la normatividad que ayuda a regular las relaciones sociales se ve reflejada en un paisaje de múltiples ordenamientos normativos que cumplen la función ordenadora en ausencia del Estado. La Sierra es un ejemplo de esto; por un lado, un sistema de normas “jurídicas” que además de ser quebrantadas su incumplimiento no implica ningún castigo.  Edison, comandante del bloque metro de las AUC no lo pudo decir más claro: “de tantos homicidios que he cometido nunca me hacharon el que era”. Por otra parte una incapacidad institucional para llegar a las zonas periféricas y establecer las normas oficiales como dispositivo de ordenamiento.

La marginalidad de este barrio permitió que el conflicto armado colombiano hallara aquí además de campo de batalla, un terreno sin ley.   Permitiendo que sistemas basados mayormente en la violencia indiscriminada y el temor, es  decir, sistemas más arbitrarios que los estatales, sean aceptados; legitimando a los actores armados a ser creadores de normas reguladoras de las relaciones entre los vecinos. Pues en este sistema de normas está garantizada la coacción, siendo así las normas más efectivas a la hora de solucionar disputas entre el barrio. En últimas, peor es nada.    

Pero ¿existe aquí una pluralidad de ordenamientos jurídicos? Bajo una visión positivista y rígida del Derecho las normas que dicta el comandante del bloque metro carecen de validez jurídica, por el simple hecho de no tener el componente de la autoridad estatal. Pero en Colombia  y en especial en lugares como La Sierra es fácil notar la ausencia e incapacidad estatal para hacer valer su Derecho, por lo que deberíamos preguntarnos si aún debemos mantenernos en una definición positivista del Derecho si su componente principal, el Estado, está completamente deslegitimizado y falto de autoridad.

Abrir los ojos significa darse cuenta que definiciones como la del sociólogo Boaventura de Sousa Santos que entiende por Derecho al “cuerpo de procedimientos y estándares normativos regulados, que se considera exigible ante un juez o un tercero que imparte justicia y que contribuye a la prevención de disputas, así como  a su solución mediante un discurso argumentativo acompañado de la violencia”[1] incluye a todos esos grupos de normas que de formas diferentes, algunas buenas y otras malas, ayudan a regular a una sociedad tan plural como la nuestra que de otra forma viviría bajo la ley de la selva, pues ese supuesto agente central (el Estado) no logra ni regularse a sí mismo.  En pocas palabras en Colombia sí existe una pluralidad de ordenamientos jurídicos. Y aceptar esto es abrir los ojos y empezar a entender los caminos mediante los cuales el conjunto de normas jurídicas  estatales y no estatales deben configurarse y funcionar dentro de un marco que impida que sea normal el funcionamiento cotidiano de ordenamientos jurídicos como el del bloque metro de las AUC en la Sierra.  



[1] DE SOUSA SANTOS, Boaventura. La Globalizacion del Derecho. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1998 p.20.

Nathalie Buitrago



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